15 marzo 2009

De café literario a mutinacional

¿Qué tienen los viejos cafés literarios? ¿Por qué ejercen en nosotros esa fascinación? No lo sé. Quizá sea la evocación melancólica de un tiempo perdido, ésa que conservamos en nuestra memoria gracias a los libros y al cine. No hay destino turístico que se precie que no albergue un establecimiento de este tipo. Los guiris están dispuestos a pagar el oro y el moro por un capuccino en el Café Florián de Venecia, mientras, en la terraza, la orquesta interpreta el Oh sole mio o la banda sonora de El Padrino. En Madrid, el Café Gijón es hoy un lugar para gente de paso, pero conserva la aureola de sus tiempos de gloria con aquellas tertulias inolvidables de escritores, pintores y otros artistas. En Barcelona, Els Quatre Gats se inscribe en una larga tradición de reuniones de arte. Las dos primeras exposiciones individuales que Pablo Picasso realizó en su vida tuvieron lugar en este local en 1900. En la actualidad es también parada obligatoria para los visitantes de esta hermosa ciudad mediterránea.
Pero si una ciudad puede presumir de cafés es París. Hay un trabajo publicado en la red, titulado Café de Flore: París existencialista, cuya autoría corresponde a Celia Usó, en el que se puede leer: “Hubo un tiempo en que París fue la capital del mundo. Un tiempo de entreguerras (…) El desenfado del jazz y el desgarro de la nueva canción, con el talento incomparable de Léo Ferré, Jacques Brel y Georges Brassens como embajadores de una poesía libertaria e intimista, y una nueva manera de ver el arte y la vida”. Surge así el existencialismo, y el magnífico bulevar de Saint Germain-des-Prés se convierte en el punto de encuentro de intelectuales y escritores, desde Albert Camus a Julio Cortazar.
En esta gran avenida está situado el Café de Flore. “Al atravesar su umbral se puede percibir un perfume que mezcla la filosofía y personalidad que se encargó de impregnar Simone de Beauvoir, eterna compañera de Jean-Paul Sartre". Junto a lo que ellos llamaban su familia, aquí, "entre risas, cigarrillos y café", nació una de las corrientes filosóficas más importantes del siglo XX. El Flore fue un rincón mítico en la década de los 50 en una ciudad alegre y rebelde.
Les Deux Magots está situado justo enfrente del Café de Flore. Ambos locales mantienen desde siempre una gran rivalidad. Les Deux Magots estuvo de moda "durante varias décadas en las que Oscar Wilde se acercaba a tomar el té, Picasso conoció a Dora Maar y Joyce tomaba vino blanco suizo, salvo cuando le acompañaba Hemingway. En ese caso, elegían entre las 15 marcas de whisky disponibles en la bodega”. En la década de los 40 se igualó la contienda, gracias a Sartre y a Simone de Beauvoir.
Los dos establecimientos conceden cada año su propio premio literario “y los que fueron cuna del existencialismo son hoy dos multinacionales con filiales en Tokio, Beirut o Shanghai y con boutiques en las que encontrar todo tipo de souvenirs con la marca de la casa”.

01 febrero 2009

Un museo al aire libre en el corazón de La Toscana

Aparece un extraño cortejo por uno de los laterales de la plaza. El alcalde de Florencia, con banda cruzada al pecho, ha subido al escenario y espera paciente la llegada del insólito grupo. Es una comitiva formada por hombres ataviados con trajes típicos del Renacimiento que desfilan custodiando a la reina de la fiesta. Justo detrás de la soberana circula con parsimonia un carruaje tirado por dos bueyes y cargado con cientos de garrafas de Chianti. Los turistas se agolpan con sus cámaras digitales alrededor del séquito para inmortalizar el momento. Tras los bailes de rigor y los parlamentos de agradecimientos a la madre tierra por la cosecha del año, se reparten las copas de vino entre los curiosos, seducidos por la tradición y la magia del lugar.

Todo esto ocurre el primer fin de semana de octubre en uno de los lugares más hermosos de La Toscana. Es la plaza de la Signoria, un espacio único que surgió en el siglo XIII de las cenizas de una batalla, la que enfrentó a los güelfos con los gibelinos. La plaza fue la Meca política de la república florentina y constituye hoy un museo de escultura al aire libre. Frente al Palazzo Vecchio se alinean una monumental fuente de Neptuno, del siglo XVI, debida a Bartolomeo Ammannati; un león (símbolo de Florencia), copia de uno de Donatello (el original está en el Museo del Bargello), y frente a la entrada del palacio se halla otra copia del David, de Miguel Ángel, cuyo original fue retirado en el siglo XIX y está ahora en la Galería de la Academia. La "colección" se completa con una estatua ecuestre de Cósimo I; una copia de la Judith, de Donatello; el grupo Hércules y Caco, de Bandinelli; el Perseo, de Cellini, y el Rapto de la Sabrina, de Giambologna.
Ante tanta belleza, uno cierra lo ojos un momento y recuerda un consejo del folleto de promoción turística de la región: “Florencia es un manjar exquisito y hay que saborearlo sin prisas, dedicando a cada rincón todo el tiempo necesario, la misma atención que a un cuadro de Boticelli o una escultura de Miguel Ángel".

31 diciembre 2008

¿Enamorarse de Madame Bobary? Difícil, no imposible

Mario Vargas Llosa siente devoción por Madame Bobary. Por la novela, a la cual dedicó el ensayo La orgía perpetua, y por su protagonista, Emma. Lo cuenta el escritor Martín Casariego (Madrid, 1962), en su obra El amor y la literatura, como muestra de que la vida y la ficción no son tan fáciles de separar como parece a simple vista. Se pone a sí mismo como ejemplo —”yo estuve enamorado de Clara, la heroína de El sueño de los héroes, de Bioy Casares”— de lo que podría ser una larga cadena de personas de carne y huesos que han bebido los vientos por personajes de tinta y papel.
Martín Casariego analiza en su libro distintas clases de amor (primer amor, amor ideal, amor romántico, amor no correspondido, etc.) que han sido el motor de grandes obras de la literatura universal (Don Quijote, Cyrano de Bergerac, La Celestina, Werter, Cumbres borrascosas…). Sus protagonistas, con distinta suerte, se embarcaron en historias vertiginosas, impregnando nuestro espíritu de una mezcla de fascinación y envidia.
Madame Bobary es, junto a Anna Karenina, el prototipo del amor frente a las convenciones sociales. Emma, casada con el aburrido Charles Bobary, no duda en enfrentarse a la moral de su tiempo en busca del placer y el goce sensual. Los dos hombres con los que comete adulterio se aprovechan burdamente de su espíritu idealista y provocan el final trágico de esta gran obra de Flaubert: Emma, humillada y arruinada, no resiste más y se suicida.
Como en muchas otras novelas del XIX, la mujer es la víctima frente a una sociedad hipócrita. El personaje de Madame Bobary es plano y su evolución resulta coherente de principio a fin. Le falta la fuerza y el atractivo de Carmen, la gitana medio bruja de Merimée, que, en la misma época, nunca renunció a su libertad. Fiel a sí misma, su vida donjuanesca acabará igualmente en tragedia.
En el siglo XXI la sociedad también es hipócrita y valora mucho la monogamia. Pero resulta difícil enamorarse de un personaje como el de Emma. Puede incluso resultar ridículo apoyarse en Madame Bovary para justificar el adulterio. Uno de los grandes momentos cómicos de la película argentina Tiempo de valientes (2005) sucede cuando el psicólogo protagonista del filme (Diego Peretti) descubre que su mujer le ha engañado con un profesor de literatura. Entre sollozos, la esposa (Gabriela Izcovich) dice que su amante le regaló los oidos al compararla con Madame Bobary por su coraje y gallardía. En medio de una monumental bronca, el marido se despacha a gusto: “Madame Bovary era una mujer valiente porque vivió en otro siglo. Las mujeres eran reprimidas y no engañaban a sus maridos. Hoy todas las mujeres engañan a sus maridos, así que vos sos una pelotuda más”.

26 octubre 2008

Amor y novela: la ilusión de lo permanente

“Los principales hechos de la vida humana son cinco: el nacimiento, la comida, el sueño, el amor y la muerte. Podríamos elevar el número —añadir la respiración, por ejemplo—, pero estos cinco son los más evidentes”. Esta cita corresponde al escritor E. M. Forster y está extraída de su libro, de título intencionadamente ambiguo, Aspectos de la novela. Publicado en 1927, sigue siendo hoy un manual de referencia para los estudiosos de la teoría literaria.
El nacimiento y la muerte son dos sucesos desconocidos. Sólo sabemos lo que nos cuentan. Las personas empiezan la vida con una experiencia que olvidan “y la acaban con otra que imaginan pero no pueden comprender”. Luego está la comida que, en la novela, es un acto principalmente social. Sirve para reunir personajes que “rara vez la necesitan, rara vez la disfrutan y jamás la digieren”. Por lo que hace al sueño, los que encontramos “son lógicos o mosaicos construidos de duros fragmentos del pasado y del futuro”.
Finalmente llegamos al amor, un fenómeno más complejo que los dos anteriores. Relacionado con el sexo, Forster encuentra tres puntos de vista: 1) el sexo subyace en todos los amores (amigos, Dios, patria, etc.); 2) amor y sexo están relacionados lateralmente, no en su raíz, y 3) ambos conceptos no están relacionados en absoluto. El amor es altruista y egoísta al mismo tiempo; cuando los seres humanos aman tratan de dar y obtener algo a cambio.
El amor tiene una gran importancia en las novelas, pero al mismo tiempo “las ha perjudicado y las ha hecho monótonas”. Cuando el autor da forma al personaje, puede llevarlo al límite de la pasión y la intensidad. En muchas ocasiones todo esto “es un reflejo” de su propio estado de ánimo. El amor, como la muerte, “proporciona un final adecuado a los libros”, ya que toda emoción fuerte “lleva consigo la ilusión de la permanencia”. Sabemos que las relaciones humanas son inestables, “y aun así nos resistimos a aplicar al futuro nuestra amarga experiencia”. En ese futuro seremos perfectos, seremos felices y comeremos perdices. En 1927 y en 2008, si una historia de ficción acaba en boda, “nosotros no objetaremos nada porque [a los novios] les entregaremos nuestros sueños”.

04 octubre 2008

El hombre piensa, Dios ríe

En 1985, el escritor checo Milan Kundera leyó un brillante discurso —La novela y Europa— al recoger el Premio Jerusalén. El texto íntegro de aquella famosa alocución pone punto final a su libro El arte de la novela, una lúcida reflexión sobre la creación literaria europea desde Cervantes hasta nuestros días.
El novelista —sostiene Kundera— no es portavoz de nadie. Existe una sabiduría suprapersonal, que explica por qué las grandes novelas son siempre un poco más inteligentes que sus autores. “Hay un admirable proverbio judío que dice: El hombre piensa, Dios ríe (…) Me complace pensar que el arte de la novela ha llegado al mundo como eco de la risa de Dios”. A diferencia de la filosofía, “la novela no nació del espíritu teórico, sino del espíritu del humor”.
No se puede juzgar una época exclusivamente por sus ideas, sin tomar en consideración el arte y particularmente la novela. “El siglo XIX inventó la locomotora (…) Flaubert descubrió la necedad. Me atrevo a decir que éste es el descubrimiento más importante de un siglo tan orgulloso de su razón científica”. Para Kundera, la necedad moderna no es la ignorancia. Puede uno imaginarse el porvenir sin lucha de clases o sin psicoanálisis, “pero no sin el irresistible incremento de las ideas preconcebidas que una vez inscritas en los ordenadores, propagadas por los medios de comunicación, amenazan con transformarse pronto en una fuerza que aplastará cualquier pensamiento original, individual y ahogará así la esencia misma de la cultura europea de la Edad Moderna”.
Los grandes medios de comunicación se infiltran en nuestras vidas y “el kitsch se convierte en nuestra estética y nuestra moral cotidianas (…) Ser moderno significa un esfuerzo desenfrenado por estar al día, estar conforme, estar más conforme aún que los más conformes”.
La cultura europea, añade el autor de La broma, parece hoy amenazada en lo que tiene de más precioso, su respeto por el individuo. Esta esencia del espíritu europeo “está depositada como en un cofre de plata en la historia de la novela, en la sabiduría de la novela”.
Y acaba de la manera más ocurrente: “Pero ya es hora de concluir. Estaba por olvidar que Dios ríe cuando me ve pensar”.